El
24 de octubre de 1929 ha recibido el nombre de "Jueves
negro". Las razones de tal apelativo
residen en que ese día la Bolsa de Nueva
York, el mayor mercado de valores del mundo, se
hundió y arrastró consigo a la ruina
a miles de inversores desatando una crisis que condujo
a la depresión de los años
30.
Ese 24 de octubre se pusieron a la venta 13
millones acciones sin que en contrapartida
las compras fuesen significativas. El martes 29 fueron 33 millones
las que se querian vender y no había compradores. La oferta masiva de títulos
devaluó su cotización e impulsó
a los inversores a desprenderse de sus activos.
El temor y la
preocupación precedieron al pánico y a mediodía de dicho jueves la policía se vio obligada a desalojar la Bolsa ante los tumultos
que se produjeron en sus inmediaciones. Se rumoreaba
que varios acaudalados millonarios, arruinados,
se habían suicidado.
“Edward Stone, importante especulador bursátil, llegó a casa a las seis de la tarde del Jueves Negro. Con los ojos enloquecidos gritó a su hija Edith:
- No podemos conservar nada. No tengo ni un centavo. La Bolsa se ha hundido. Nos hemos quedado sin nada. ¡Nada¡ ¡Voy a matarme¡ Es la única solución. Tendréis el seguro...
Y echó a correr en dirección a la terraza (...). Un paso le separaba de la barandilla cuando Edith logró agarrarle un pie y retorcérselo hasta derribarlo (...). Entonces intervino la esposa, que le abofeteó repetidas veces y, al fin, Edward Stone empezó a reaccionar (...). Todo había pasado en menos de cinco minutos. Comenzaron a llegar los criados, a quienes hubo que decir que se había caído.
Al final, ya más calmado y en su habitación junto a su mujer e hija, logró contar lo ocurrido. Estaban en la más completa miseria. Ese día había perdido más de cinco millones de dólares".
Arruinados los inversores en bolsa, los ahorradores retiraron sus depósitos bancarios y con ello anularon la capacidad crediticia de éstos. Muchas entidades no pudieron afrontar la masiva retirada de capitales y quebraron.
Las empresas fueron privadas de ese
modo de una fuente esencial de financiación y se
vieron empujadas a reestructurar la producción
y sus plantillas laborales. Unas 32.000 firmas desaparecieron entre 1929 y 1932.
La combinación
de restricción de créditos, quiebras bancarias
y cierre de empresas originó un paro sin precedentes (más de 15 millones
de desempleados) y una importante reducción
de los salarios.































